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jueves, 19 de diciembre de 2013

CANONIZACIÓN DE PEDRO FABRO, UNO DE LOS PRIMEROS COMPAÑEROS DE SAN IGNACIO DE LOYOLA

Pedro Fabro (o Favre) nació en Villaret, Saboya (Francia), el 13 de abril de 1506. Ha sido proclamado santo el día 17 de diciembre. El Papa Francisco ha canonizado a uno de los primeros compañeros de San Ignacio extendiendo su culto a la Iglesia universal. Se trata de una canonización llamada "equivalente" según la cual el Papa, por la autoridad que le compete, extiende a la iglesia universal el culto y la celebración litúrgica de un santo, una vez que se comprueban ciertas condiciones precisadas por el Papa Benedicto XIV (1675-1758).



Esta praxis ya ha sido utilizada por el Papa Francisco para la canonización de la beata Ángela de Foligno el 9 de octubre pasado, y por su predecesores Benedicto XVI, Juan Pablo II, Juan XXIII y otros.
La canonización del Beato Pedro Fabro tiene un significado particular porque es un modelo de espiritualidad y de vida sacerdotal para el actual Pontífice, y al mismo tiempo un punto de referencia importante para comprender su estilo de gobierno. Testigo de una época que vio minada la unidad de la Iglesia, aunque permaneció al margen de las disputas doctrinales, Fabro enfocó su apostolado a la reforma de la Iglesia, y se convirtió en precursor del ecumenismo. Hasta qué punto su ejemplo ha penetrado el horizonte pastoral del Papa Francisco aparece en el sintético retrato que el Papa hizo en la entrevista de la Civiltà Cattolica, al revelar algunos aspectos esenciales de su figura: "El diálogo con todos, aun los más alejados y los adversarios, la piedad sencilla, una cierta ingenuidad, disponibilidad inmediata, su atento discernimiento interior, el hecho de ser una persona de grandes y fuertes decisiones y, al mismo tiempo, capaz de ser tan dulce, dulce..."

La fisonomía de Fabro es la de un contemplativo en la acción; un hombre atraído por Cristo y apasionado por la causa de sus hermanos, experimentado en el discernimiento de espíritus, dedicado al ministerio sacerdotal con paciencia y suavidad, que se dio a sí mismo sin esperar ninguna recompensa humana. Fabro encuentra a Dios en todas las cosas y en todos los ambientes aun en los más fríos y hostiles. En su Memorial, que es uno de los documentos principales de la espiritualidad en los comienzos de la Compañía de Jesús, concibe su vida como un camino, un viaje por las diversas regiones de Europa a ejemplo de Cristo: itinerante por obediencia, siempre atento a cumplir la voluntad de Dios y no la propia.



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